El equipo aragonés sobrevive a un intenso partido, jugado a mil por hora y con presiones encendidas que lo marcaron. Amarra un punto y el coliderato tras resistir también a la expulsión de Ademo.
En un día de más prosa que poesía, el Real Zaragoza amarró un punto y el coliderato contra un envalentonado Murcia gracias a sus propiedades competitivas. A un ejercicio de furia baturra y rasmia aragonesa. De cabezonería y garra. De bravura y determinación. Porque el partido por la cima de la clasificación le exigió un fútbol alejado de su genética, con un notable rival que supo ahogarlo y desactivarlo, obligándolo a sudar sangre y resistir cuando se quedó con uno menos por la doble amarilla a Ademo.
El Zaragoza, de algún modo, supo adaptarse a un contexto hostil, a un choque jugado en una ola de intensidad, gobernado por un frenesí salvaje, dominado por las presiones. Muy igualado. Un día, como en Alcalá de Henares, para recordarnos que hay adversarios que también juegan e intentan ganar.